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Con 2,35 metros de altura, Agustín Luengo Capilla debió ser un fenómeno para su época. Más allá de la atracción que tan peculiar ser despertaba en cualquiera, ‘El hombre que compraba gigantes’ es un extraordinario relato de la miseria humana en todas sus facetas, pero también un canto a la humanidad y al ser humano con mayúsculas.

Esta es la historia de un hombre muy grande para su época que fue vendido por sus padres -una boca menos que alimentar-, cuya existencia se convirtió en una atracción de feria, y cuyo cuerpo generó no pocas controversias. Todos estos ingredientes conforman un estupendo cóctel en la pluma de Luis Folgado de Torres, que nos traslada a la España del siglo XIX sin ahorrar detalles. Un país atrasado y analfabeto, una sociedad hipócrita y un personaje, Agustín Luengo Capilla, que despierta ternura y compasión a partes iguales. Pero la novela es algo más. Todo lo que tú quieras imaginar y vivir mientras la lees.

P.  ‘El hombre que compraba gigantes’. ¿Quién era ese hombre y por qué los compraba? ¿Su interés era puramente crematístico o había algo más?

R. Agustín Luengo Capilla fue un extremeño que alcanzó la altura de 2,35 metros merced a un padecimiento hipofisiario, Acromegalia, y quien lo compró fue el siniestro doctor Velasco, fundador del Museo Antropológico Nacional de Madrid. Pretendía embalsamar al gigante y exponerlo en su nuevo museo. Esto ya lo habían hecho en París y Londres con seres de menor tamaño. Velasco ha sido uno de los médicos más reconocidos de España a nivel internacional y uno de los mejores embalsamadores del mundo.

portada el hombre que compraba gigantes Luis Folgado de TorresR. El gigante fue Agustín Luengo Capilla. 2,35 metros de altura le contemplaban. ¿Que sentiría al saberse un bicho de feria a ojos de los demás?

R. En el circo no estaba tan mal, compartiendo miserias con seres deformes como él. Lo más duro fue cuando fue a vivir a Madrid y tuvo que andárselas con gente de todas las calañas deseando ensañarse con un ser tan distinto.

P. El lector que se zambulla en ‘El hombre que compraba gigantes’ va a encontrar muchas novelas en una sola: la vida en una España atrasada, la vida cotidiana de un circo, las vicisitudes de un hombre que se siente extraño y, a la vez,sobrepasado por sus propias circunstancias… ¿Qué le aconsejas que haga antes de empezar a leerla?

Que se duche (es broma). Que haga lo que quiera, lo que más le guste. Yo siempre que leo me pongo al lado una caja de cereales y me los como, a menos que vaya en el metro, claro.

P. Humor aparte, uno de los muchos y grandes aciertos de la novela es retratar la atmósfera de una España analfabeta, rural y atrasada. La prueba es que los padres lo venden a un portugués ávido de negocio por 60 reales, media arroba de arroz, dos medidas de miel del Alentejo, una garrafa de aguardiente de Cazalla y dos paletas de Fregenal más un daguerrotipo. Demasiado barato costaba la vida de un hombre, aunque fuera de las magníficas características de Agustín…

R. Muy cierto, pero lo principal es que se quitaban de en medio una boca enorme que alimentar de donde no se podía. Aquella España ha sido así y no está tan lejos como algunos se creen. Mi infancia extremeña me ha permitido vivir situaciones que parecerían inventadas. Cuando las comento, la gente me mira con cara rara, creen que son invenciones mías.

Foto Luis FolgadoP. Esta es una novela de sentimientos a flor de piel: odio, amor, bajas pasiones… ¿Qué prevalece al final de la novela? ¿Qué regusto queda en boca del lector?

P. Me han dicho que una mezcla de sentimientos y sensaciones. Me gusta que me digan eso porque eso pretendía. Odio los maniqueísmos. Odio que el autor te marque sensaciones exactas y precisas porque la vida no es eso, está llena de sentimientos entremezclados. En el mundo no hay gente buena o mala, los que son buenos para mí no lo son tanto para otros. Hasta los más depravados han dado, en ocasiones, muestras de grandeza.

P. Otro aspecto que también llama la atención es el cuidado lenguaje y el uso de vocablos y palabras muy usuales en la época, muchos ya en desuso. Una manera muy sutil de introducir más si cabe al lector en la atmósfera de la novela…

R. Ni tengo ninguna “fijación en la etapa anal” (Freud dixit) y no colecciono, por tanto, nada tangible. He de decir que lo único que acaparo son palabras en desuso, fundamentalmente extremeñismos y andalucismos. En el Sur, el castellano se dialectiza y enriquece. Verbi gratia: No hay en el castellano del norte ninguna palabra que signifique lo mismo que “lamioso” (algo sucio de materia pegajosa). Pero cuando se ensucia una gamuza de cosas de la cocina acaba lamiosa y no hay otro término que lo describa igual de bien. Todas estas palabras se pierden a una velocidad asombrosa y me da mucha pena. Por eso las guardo.

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