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La Ciudad de los Mil Palacios conoció uno de los más suntuosos. Situado en la zona de Portus Magnus, conoció eternas noches de amor y desamores de la reina Cleopatra VII con dos grandes romanos, Julio César Marco Antonio. ¿Cómo era ese palacio que nos descubre José Barroso en El ocaso de Alejandría? Te invitamos a dar un paseo por sus dependencias. ¿Era tan bella como nos la han pintado? Sí se sabe que era sagaz, brillante e inteligente. Y eso, en una mujer, eran características que doblegaban a muchos hombres. Y más si eran poderosos, pues para ellos suponía todo un reto intentar dominar a una mujer así. Esa mujer fue Cleopatra VII, hija de Ptolomeo XII Auteles y Cleopatra V Trifena. Una vez casada con su hermano Ptolomeo XIII, seis años menor que ella, era necesario encontrar un palacio que se ajustara a sus deseos. La zona, el Portus Magnus. Un lugar visible, a la vista de todos los que arribaran a Alejandría desde el mar. Esa iba a ser su morada.

Un palacio para una reina. Una construcción cuya entrada brillaba según los rayos del sol incidiera en su superficie, puertas con incrustaciones de carey de la India, columnas de granito rojo que formaban un pórtico que daba acceso al palacio, una enorme avenida jalonada de columnatas que indicaban el camino a seguir hasta el palacio… Eso pudieron contemplar Marco Antonio y Julio César en numerosas ocasiones cuando acudían a visitarla. Puede que entonces se perdieran con ella por los jardines del palacio, vastos y llenos de vegetación, ocultando con su manto templos protegidos por esfinges.

¿Podemos hacernos idea de cómo sería este palacio? Nunca, seguramente. Si acaso, se pueden extraer algunos matices de los muchos vídeos que existen en la Red tras el descubrimiento de sus restos por parte del arqueólogo francés Franck Goddio allá por la década de los 90 del pasado siglo.

El palacio de Cleopatra y tantas otras maravillas se hundieron en el agua en el fango. El mismo suelo fue incapaz de aguantar el peso de palacios, templos y edificios. Es lo que se conoce como proceso de licuefacción, por el cual el suelo se abrió y se tragó literalmente todos aquellos edificios. Lo cual era lógico: fueron los palacios más grandes que jamás se construyeron en Egipto. Luego, el desplazamiento del agua producto de diversos fenómenos naturales hizo el resto.

Aunque a Cleopatra, lo del palacio, como que le dio lo mismo. Más de 20 siglos después, a ella se la sigue recordando. Por algo será.

FUENTE: Historia y Arqueología y elaboración propia.

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