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El cine ha vendido la imagen de personajes valientes que, en la mayoría de las ocasiones, adornan su valentía con una gallardía y bellezas sin iguales. Así, los suspiros son lo único que se escucha en los cines. Pero, ¿y si el protagonista de determinada hazaña fuera manco, cojo y le faltara un ojo? ¿Habría tantos suspiros en el cine? A saber, pero en valentía ningún otro personaje se acercaría al protagonista de estas líneas.

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Errol Flynn.

Una película cualquiera. Pongamos una clásica. El capitán Blood, dirigida por Michael Curtiz ―Casablanca, Sinuhé, el egipcio, La carga de la brigada ligera…―, con Errol Flyn como protagonista. Un tipo que, después de diversos avatares y tras intentar fugarse de Port Royal, donde iba a ser vendido como esclavo, aprovecha el ataque de piratas españoles a la ciudad para, una vez libre, integrarse junto a otros compañeros en un grupo pirata francés. La protagonista femenina es Olivia de Havilland. Uno y otro, te puedes imaginar, bastante agraciados, protagonizan escenas que despertaron más de un suspiro en ellas, y también en ellos. El pirata guapo, atractivo. Un hombre de mar con chispa, y encima, se las llevaba de calle. Y las salas de cine, llenas. Ahora, ¿se llenarían igualmente esa salas si el protagonista estuviera cojo, le faltara un ojo y asimismo un brazo? Porque valiente, lo que se dice, valentía, le sobraba. Un tipo que consiguió resistir el ataque de 195 navíos ingleses con apenas seis barcos en Cartagena de Indias.

Ese tipo era Blas de Lezo y Olavarrieta, de Pasajes (Guipúzcoa). Y atractivo, lo que se dice atractivo, a ojos actuales no lo sería. Guardiamarina desde los 17 años al servicio de la escuadra francesa al mando del conde de Tolouse, el año de su bautismo en el mar, 1704, se quedó cojo. Una bala de caño le cercenó la pierna izquierda en medio de la batalla de Vélez-Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión entre las escuadras anglo-holandesa y franco-española. Blas de Lezo continuó combatiendo, como si nada, y una vez terminada la batalla se le amputó el mencionado miembro ―sin anestesia, así eran las cosas entonces― por debajo de la rodilla. Las crónicas dicen que de su boca no salió ni un triste lamento durante la operación. Y su valentía, reconocida.

Dos años después, el ojo izquierdo, que le explotó en el acto luchando contra las tropas del príncipe Eugenio de Saboya en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón. Una esquirla. Y siguió luchando aun habiendo perdido la visión por ese ojo. Diecinueve años, y sin un ojo y una pierna.

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Foto cortesía exposición Blas de Lezo.

Y la traca, con veintiséis. Un balazo de mosquete en el antebrazo derecho que le rompió vatios tendones. La Guerra de Sucesión ya había finalizado, pero Cataluña seguía levantada en armas contra la casa de Austria. El incidente ocurrió en un bombardeo a la plaza de Barcelona. Manco para toda la vida. Desde entonces, a Blas de Lezo se le comenzó a llamar Almirante Patapalo o Mediohombre. De lo que no cabía duda alguna era de su valentía.

Y ahora, mira hacia arriba, la foto de Errol Flynn, e imagínate a Blas de Lezo. Lo que se dice dar en cámara, como que no quedaría bonito, ¿a que no? Pero valentía… Ni juntando mil salas de cine se juntarían los suficientes kilos de valentía que atesoraba el marino guipuzcoano.

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