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Hace un par de meses, Vicente de Ramón Perea nos presentó Viajes extraordinarios de un comediante, una historia que cuenta las peripecias de un comediante en el siglo XVI. Toda una aventura que merecía una explicación por su parte. Que te contará el porqué de la historia, cómo surgió y las muchas curiosidades que encierra. Y se lo hemos pedido.

¿Qué te vas a encontrar en Viajes extraordinarios de un comediante? Aventuras, historias, y una manera de contar las cosas a la vieja usanza, de verdad. Esa literatura perdida y que, de cuando en cuando, recuperamos gracias a obras como ésta. Por eso, quién mejor que el mismo Vicente de Ramón Perea para contarte las curiosidades e interioridades de esta novela:

“La idea inicial de Viajes Extraordinarios de un comediante llevaba tiempo rondando en mi cabeza, pero no como el proyecto de una novela, sino como material escénico para dar forma a un monólogo teatral. Las primeras líneas no fueron en prosa, como podía esperarse de una narración o de una pieza dramática, sino en verso:

Yo era un bululú y andaba / a solas por el camino / siete arrobas de destino / entre pellejo y zurrón / trasegaba con fruición / cuando me faltaba el vino.

Viajes extraordinarios de un comediante Ediciones ÁlteraEl personaje entraba en escena tirando de los varales de un arcón con ruedas y me pareció una buena manera, directa y sonora, llena de tradición popular, de presentar a un comediante del siglo XVII. Curiosamente, estas primeras líneas no las tecleé en el tablero del ordenador, sentado en el escritorio, sino que me vinieron a la mente mientras elegía una botella de vino en un supermercado y miraba en la etiqueta el mapa de la denominación de origen: Torrenueva, Valdepeñas, Membrilla, Manzanares, Daimiel… Esas serían las primeras etapas del viaje que emprendería mi protagonista, Segundo Peñuelas. Segundo, por llegar al mundo cinco minutos después que su hermano gemelo, Alejandro, y perder, en tan escaso espacio de tiempo, la primogenitura; Peñuelas, por ser la familia propietaria de la casa grande de mi pueblo, con una hermosa torre en la esquina, junto a la entrada principal, y lugar donde imaginaba de niño las más truculentas aventuras, protagonizadas por un mago que utilizaba aquella torre como portal para viajar en el tiempo y que en la novela aparece convertida en la misteriosa biblioteca con forma octogonal de don Ramón de Quintana. Cuando llevaba escritas ochenta páginas de monólogo, caí en la cuenta que aquella historia no precisaba espectadores, sino lectores para materializarse. Así que reestructuré lo escrito y transformé el decorado de un escenario en el paisaje de una novela.

Las cinco historias que componían la estructura del monólogo (el novicio rebelde repudiado por su familia, el relato de Goltán Bermejo, el moribundo burlón, la lectora acusada de brujería, la dama entregada a un prostíbulo por las deudas de juego de su esposo) se convirtieron en capítulos e, incluso, en una novela de caballerías que se entrelaza con la trama principal y contiene alguna de sus claves. Este material narrativo se fue ampliando con otras historias escuchadas, inventadas o vividas que habían permanecido latentes en mi memoria esperando el momento de ser contadas. A veces surgían de una imagen sugerente recogida durante un viaje. Unas enormes tinajas tumbadas en la entrada de una casa rural junto al río Jabalón, en el embalse de la Cabezuela, se me antojaron antiguos túmulos funerarios o el primitivo hogar de una desaparecida civilización y me inspiraron la trágica historia de los moradores de las tinajas. Otras historias las había oído contar desde niño, como la del cortijo del ruido. Unas ruinas donde se escuchaba el ulular del viento y el repiqueteo de la lluvia en un día despejado, o el golpear de los postigos, o el relincho de invisibles caballerías, o el sonido de un cuerno de caza que, según dicen, apareció en el guiso de unos aterrados gañanes que se atrevieron a descansar de la siega en este lugar encantado. Encantamiento que, los más avezados, atribuían al ingenio humano, con la intención de alejar a los intrusos para preservar un magnífico tesoro oculto en aquel cortijo en ruinas desde la invasión de las tropas napoleónicas.

Vicente de Ramón Perea, autor de Viajes extraordinarios de un comediante Ediciones Áltera

Vicente de Ramón Perea.

Otra de las historias más celebradas era la de la tía Paca. La tía Paca siempre había tenido afición a las ciencias ocultas. Algo bastante llamativo en una familia de terratenientes de estricta moral católica y comunión diaria. Un día, durante la visita a la casa de un familiar, su atención se concentró en un velador situado en el zaguán, junto al arranque de la escalera. Pidió que se lo vendieran. Insistió. Hizo una generosa oferta. Ante la negativa de venderlo por tratarse de un viejo recuerdo de familia, la tía Paca acarició con la palma de la mano el tablero del mueble mientras decía: “Si este velador fuera mío, cuántas cosas vería, cuántas cosas vería…”. No hizo más que salir por la puerta cuando el velador empezó a vibrar, a moverse sobre sus patas y a elevarse después hasta el techo para precipitarse violentamente sobre el suelo haciéndose añicos. Este suceso extraño, que escuché en mi infancia contado por boca de sus principales testigos, se atribuye en la novela a la capacidad del alquimista Nicomedes Melfal de penetrar en el alma de los objetos y se traslada, desde el zaguán de una casa, a un populoso mercado de la ciudad de Toledo”.

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