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No todo se ha contado acerca de la pérdida de Filipinas. Quedan muchas cosas en el tintero, papeles que nunca han salido a la luz, aspectos que no se han relatado. Ha sido la pretensión de Enrique Rovira con ‘1898. La pérdida de Filipinas‘. En el proceso de investigación de esta novela se topó con detalles hasta la fecha nunca revelados. Y es lo que te va a contar en estas Curiosidades. Merece la pena leerlas. Aquí las tienes.

“Los acontecimientos militares de primavera y verano de 1898 siempre me han perturbado, quizás lo llevo en la sangre, pues tengo bisabuela cubana y bisabuelo puertorriqueño, que además era militar. He leído toda la literatura española –que no es mucha- sobre la guerra del 98 y también la norteamericana –que sí que es abundante-, y ni la una ni la otra explican la magnitud del desastre.

1989 La pérdida de Filipinas Ediciones Áltera Enrique RoviraEl desastre del 98 no es explicable de forma sencilla, sino que influyeron múltiples factores que, como capas, se fueron solapando; sólo la conjunción de todas ellas condujo al desastre final. Hubo una negociación secreta en Tampa durante la guerra entre un general español y uno norteamericano, pero esto por sí mismo no explica el desastre; hubo un contubernio masónico internacional, pero esto por sí mismo no explica el desastre; algunos mandos militares actuaron con escaso coraje, pero esto por sí mismo no explica el desastre; había sublevaciones internas en las colonias, pero esto por sí mismo no explica el desastre; la escuadra de la Navy era superior a la española, pero esto por sí mismo no explica el desastre; la superposición de todos estos factores sí lo explica. Como no se explica es diciendo que los barcos eran de madera y que los cañones no alcanzaban porque ni los barcos eran de madera, ni a los cañones les faltaba alcance.

Decidí acudir a las fuentes, a los informes militares, sobre todo al Archivo Histórico Militar del Alcázar de Segovia. Una de las fases más lentas de la investigación fue estudiar los expedientes personales de los oficiales que hicieron las campañas. Ojeando un expediente, encontré un documento ológrafo que, en mi opinión, es una de las claves del desastre militar. El 17 de junio de 1898, el capitán general Ramón Blanco, comandante en jefe  del ejército de Cuba, envió a su jefe de estado mayor, el teniente general Luís Pando, a Tampa para negociar la paz con los Estados Unidos. Es decir, el jefe del estado mayor del ejército de Cuba, aquél que debería dirigir la campaña –dado que capitán general era un cargo más bien político-, no estuvo en Cuba durante la guerra –el cuerpo expedicionario yanqui desembarcó el 22 de junio-, y este particular ha sido escamoteado a la historia.

Este proceso de revisión crítica de la Guerra del 98 que me he propuesto, la inicie en 2012 con mi primer libro, 1898, La invasión de Puerto Rico. Ahora éste es el segundo escenario de aquella tragedia nacional, que hasta ahora ha convenido mantener en la oscuridad”.

 

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