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“¿Ti piace Schubert?” (¿Te gusta Schubert?”). Con esta frase finaliza Franco Battiato Alexander Platz, una de sus tantas canciones, de sus tantas mejores canciones, se podría decir. Por eso hay tanta gente que le ama. Algunos, incluso, dejan escrito ese amor en forma de libro. Y mueren. Como le ocurre al protagonista de ‘El hombre que amaba a Franco Battiato’, la nueva novela de Juan Bosco Castilla. Una novela con muchas curiosidades. Por eso, le hemos pedido que te las cuente. Aquí las tienes.

Dejamos de hablar para que lo haga el autor de El hombre que amaba a Franco Battiato. Tuya es la palabra, Juan Bosco Castilla:

“Desde que las oí por primera vez, me subyugaron las canciones de Franco Battiato. El público busca en el artista la voz de su propio interior, lo que a él le habría gustado expresar si hubiera tenido talento bastante para hacerlo. Y yo, que no tengo suficiente talento para expresarme, encontré en Battiato la voz de mi propio interior. Cuando en 1996 salió su disco Battiato Collectión con 29 canciones en español, lo compré y, desde entonces lo he puesto muchos sábados y muchos domingos poco después de levantarme, sin que aún me haya cansado de oírlo.

Me gusta el desorden, la anarquía incluso, con que en esas canciones se fijan las imágenes, me gusta el surrealismo de sus letras, su mística del tiempo y del cosmos, su apelación dadaísta a la banalidad (tan enjundiosa). Y me gusta su música, que tanto se aprovecha de las formas clásicas.

El hombre que amaba a Franco BattiatoCon frecuencia he utilizado las letras de esas canciones para asociarlas a lo que ocurre a mi alrededor. Siempre me he acordado de ellas cuando he pisado los escenarios que describen o mencionan. En San Petersburgo canturreé Perpectiva Nevski; en Berlín, Alexander Platz; en Nueva York, Chan-Son Egocentrique.

Un domingo de no hace tanto tiempo me levanté y puse el disco Battiato Collectión, como había hecho tantas veces. Aquel día, sin embargo, pensé que podía escribir una novela sobre un mundo como el que se intuía tras aquellas canciones del que sería protagonista un hombre que amaba a Franco Battiato. No tenía nada entre manos entonces y me puse a escribir enseguida. Lo hice como lo había hecho siempre, sin argumento previo y con el único afán de disfrutar buscando las palabras justas para lo que libremente iría imaginando.

Me encontraba cómodo y bien, y mientras escribía estuve utilizando elementos de mi propia realidad para construir la ficción, a la manera que el subconsciente levanta el guión de los sueños. Llevé a los personajes de la novela a los lugares que yo mismo visitaba por aquel entonces y les busqué aventuras en el barrio turco de Berlín, en el Autostadt de Wolfsburgo, en la calle Solferino de Lille, en el barrio de Salamanca de Madrid, en la plaza doña Elvira de Sevilla y en la avenida Ámsterdam de Nueva York, además de en Pozoblanco y en el pueblo ficticio de Aleda, al que ubiqué en Los Pedroches.

También utilicé lo que por aquel tiempo formaba parte del contexto más cercano a mis hijos, que en cierto modo era el mío, como el ambiente de los estudiantes Erasmus y el de los jóvenes titulados españoles en Europa. Construí la historia intentando conseguir un lenguaje certero y sencillo y pensando en la urgencia de la página siguiente. Cuando terminé, dediqué mucho tiempo a quitar lo que sobraba y un poco más, a fin de que el lector se deslizara por la trama casi sin darse cuenta. Al final de todo, me sentí bastante satisfecho: había disfrutado escribiendo y me había salido una obra lo suficientemente digna como para que pudiera hacerse pública”.

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